martes, 29 de agosto de 2017

Tiene talento, y se llama...




“Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses”.
                                                                                                    José Hierro.


Despierta cada mañana con una taza de café: “Sin crema. Sin azúcar, por favor”, es como si lo escuchara. Toma su auto y maneja hasta su trabajo. Llega saludando y con la sonrisa que lo caracteriza, aunque sinceramente no entiendo de dónde proviene tanto optimismo pero me gusta imaginar que tiene “padrinos mágicos”. Después de un día lleno de trabajo, él siempre tiene tiempo para lo que sigue: compromisos con Dios (aunque eso lo tiene presente desde que amanece), música, familia y amigos. Lo miro igual desde que lo conozco y admiro a las personas que son así, generosos y amables.

Hace poco platicamos infinidad de cosas; con y sin sentido. Le dije lo mucho que valoraba cada cosa buena que hace por mí y que Dios recompensará todo. Las horas se nos fueron casi corriendo y disfruté haber reído de mis propias penas que platicamos. “Esperanza, llámalo así “, le dije cuando con dolor y tristeza me preguntó cómo hacía para soportar una de las penas más grandes que se viven como ser humano. Entendí que después de todo y al final del día intercambiamos la sensibilidad y no sólo el lonche a la hora de la comida. Tomé un puño de "esperanza" y le dije que sujetara con fuerza.

Le pregunté a qué hora entraría a trabajar a la mañana siguiente. -Necesito mirar mi horario-  me contestó- pero supongo que mañana es mi descanso así que te veré hasta el martes si Dios permite- después tomó sus cosas y se fue. Cuando miré lo que me había entregado, supe enseguida lo que era: una caja llena de...

martes, 2 de mayo de 2017

A Irma, por la nueva espera


  Ayer mientras desenredaba mi cabello, recordé quien me había regalado el cepillo, y entonces pensé lo mucho que se acerca una fecha importante para esa persona. Recuerdo que la conocí unos dias antes de terminar el año 2014 y fue en la iglesia. Convivimos un poco y me preguntó acerca de mi ciudad natal, lo grande que era, sus ganas de conocer mi tierra y finalmente junto a otras personas nos fuimos a cenar en el convivio que había en ese momento.

  Me despedí de ella dos días antes de regresar a casa; mientras yo platicaba me saludó con cierta distancia. Quien iba a decir que, dos años después en mi camino me volvería a topar con ella. La miré y no sé si fue mi poca intuición ó sólo fue suerte que reconocí un cierto aire aún más maternal y la forma en la que sonreía me decia todo: estaba embarazada.

  Recuerdo que en una ocasión íbamos en su camioneta con Naomí, una de sus niñas. Teníamos que entregar algunos pedidos de comida y ella me platicaba lo mucho que le gustaba tocar su mandolina. Me ha contado muchas veces la historia acerca de cómo se casó y la escucho de la misma forma que si fuera la primera vez; joven (muy joven), con 15 años reconoció al gran amor de su vida. Llegó la pequeña Keilah y con ella empezó a experimentar la maravilla de ser madre. Después Juan Alberto y enseguida Ezequiel. Tal vez pensó que la pequeña Naomí sería la última por el momento, pero ese "momento" cerró con borche de oro (al menos hasta ahora) con la espera de un nuevo ser.

  Hoy que está a dos meses de tener al pequeño Israel en brazos, no existe día que no hablemos de las ansias que sus amigas tenemos por conocerlo. Sé que Israel le dará aún más fuerzas de la que ya tiene, más cariño y amor para sus hijos y más brillo en su cara, pues Israel no es el primer hijo que va a tener, pero si el que sin duda traerá más y más motivos para levantarse cada día.

  Bienvenido Israel, sé que aún no llegas pero una de tus tías tiene las emociones a flor de piel por que estés entre nosotros.

viernes, 21 de abril de 2017

Quedando en el pasado


  Tenía sus expectativas en alguien al que había esperado por muchos años, tal vez no había ni un suspiro de posibilidades para ser realidad. La distancia siempre fue cómplice pero jamás se interpuso, ahí sentada en un rincón, siempre supo que era parte de una historia sin saber que no tendría final esperado. La última vez que decidieron pasar tiempo juntos, hicieron planes de verse en Las Vegas.

  Alistó sus maletas y prefirió llevarlas vacías, quería llenarlas de recuerdos. Ella compró su boleto, él no. Tal vez en otro momento habría llorado, estaría tumbada en la cama sin querer comer por el nudo en la garganta, pero recuerdo que la miré muy serena, pensativa, y eso no lo pude creer. Más no dije nada. A veces es mejor sacar la bandera blanca, cruzar los brazos. No derrotarse pero dejar las cosas por la paz y me refiero a la propia, ser un poco egoístas y pensar en uno mismo, porque al final de cuentas las heridas son para quien mas ha entregado y se queda vulnerable.

  El destino (que para mi siempre será Dios) es muy sabio, y ella siempre estará agradecida de que en su momento la haya dejado "plantada". Recuerdo que días después de nuestra llegada a Las Vegas él también se presento ahí. Su familia en Utah lo esperaba así que decidió pasar unos días entre casinos antes de llegar a Salt Lake. La noticia para ella fue como cualquier comentario, no tuvo relevancia en su vida, me sorprendió por segunda vez mirarla sonriente y sin más ni más contestó: "me alegra".
 
  Unos días antes de regresar a casa él la invitó a la rueda de la fortuna; le avisó con un mensaje de texto cuando el ya estaba haciendo fila para subir. Su familia estaba ahí, todos con la ilusión de verlos juntos, nosotras tomábamos un café al otro lado de la ciudad. Imposible era llegar en menos de 15 minutos. Le dije que si ella quería ir, la ayudaría a arreglarse y que yo la estaría esperando sin importar la hora de su regreso. Sonrió y no necesitó decirme más. Era otra persona. Terminó su cafe y suspiró, finalmente dijo: que siga esperando.

  No supe si llamarle venganza o superación, pero me gustó su respuesta. Y cuando pasaron los días, entendí el nuevo brillo de sus ojos...